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QUÉ SON LES FORTALESES CATALANESEntendemos como Fortaleses Catalanes, aquellas obras de fortificación construidas en el espacio cultural catalán durante el periodo histórico que abarca, de manera general, desde 1500 hasta 1945.
Este conjunto de construcciones forman aquello que hemos convenido en llamar patrimonio fortificado de la Edad Moderna y Contemporánea. Este patrimonio se halla dotado de unas características diferenciales, propias y definidas, y tanto por parte de la legislación específica estatal como por la autonómica, gozan de la calificación genérica e individual de Bien de Interés Cultural (BIC) o Bien Cultural de Interés Nacional (BCIN). Esta es la situación sobre el papel, pero la realidad es otra bien distinta.
¿Cuáles son estos monumentos? ¿En qué lugares se encuentran? ¿Cómo son? ¿Qué papel jugaron en nuestra historia? Vd. mismo juzgará sobre sus propias dificultades para responder a estas cuestiones. Al mismo tiempo que, suponemos, convendrá con nosotros que parece increíble que exista, en una sociedad tan bien informada como la nuestra, un conocimiento tan superficial e impreciso de una parte de su patrimonio monumental. Parece como si el tema, por su origen, fuese exclusivo del mundo de la milicia, como si dicho patrimonio no nos afectara a todos en la misma medida en que lo puede hacer cualquier otro.
Los monumentos, militares o no, son testimonios documentales de la historia de nuestro País. Documentos que podemos marginar todo lo que queramos, pero ahí están. Cierto es que los ejércitos profesionales fueron los usuarios habituales de estos recintos fortificados, tan cierto como que no fueron los únicos. Tras los parapetos también estuvo cuando fue preciso la población civil, con las armas en la mano, defendiendo sus tradiciones, sus derechos y, en resumen, su tierra. Nuestra historia no es escasa en ejemplos. Por otra parte, a este primer título de pertenencia moral se viene a añadir otro de orden económico. Las fortificaciones de Estado fueron construidas con las rentas fiscales de nuestros antepasados, son patrimonio monumental público y, por tanto, cosa de todos y monopolio de nadie.
Estas reflexiones, tan solo tienen por objeto nuestro deseo de llamar la atención sobre la existencia de un patrimonio cultural que no nos es ajeno en absoluto y, sobre todo, despertar la curiosidad que lleve a su conocimiento. No pretendemos ningún compromiso de afecto ni trato de favor, tan solo el derecho a ocupar su lugar dentro del espacio cultural del país y disfrutar de la oportunidad de obtener la protección verdaderamente efectiva: la de la sociedad.
Para saber con certeza si una cosa nos gusta o no, primero hemos de aproximarnos a ella para verla bien. Para conocerla, tenemos que probarla. Una vez hecho esto podremos realizar nuestros juicios personales. En infinidad de ocasiones, la vida nos enseña que la valoración sobre las cosas o las personas cambia, para bien o para mal, desde el momento que las hemos podido conocer con una cierta profundidad. Le invitamos a comprobar si esta experiencia es válida con las Fortalezas Catalanas.
LOS MONUMENTOS MILITARES MODERNOS Y CONTEMPORÁNEOS.Cualquier esfuerzo de comprensión de los monumentos militares modernos y contemporáneos, tendría muy pocas posibilidades de éxito sin antes definir unos conceptos básicos. Son éstos muy elementales, pero en ocasiones las cosas aparentemente más simples, y que se dan por sabidas, requieren más atención de lo que parece. Veámoslo.
Si a una obra de fortificación, construida en el espacio cultural catalán entre el siglo XVI y la II Guerra Mundial, le aplicamos el término castillo, o los conceptos fortaleza militar o arquitectura militar, no estaremos nombrándola ni definiéndola correctamente. No estamos empleando un sinónimo, no es lo mismo. Los castillos fueron obras adaptadas a la tecnología bélica y a las necesidades estratégicas de la Edad Media y daban servicio a los intereses políticos de la sociedad feudal. Al contrario, las fortificaciones modernas –las que denominamos fortalezas– así como los demás tipos aparecidos hasta nuestros días, han obedecido tecnológicamente a las necesidades propias de la evolución de la artillería y han estado al servicio exclusivo de los intereses políticos y estratégicos de los estados modernos. ¿De dónde vienen estas confusiones? Hay diferentes respuestas. La falta de rigor en el uso de los términos técnicos por parte de algunos de los antiguos ingenieros. El respeto a la tradición propio de la institución militar. Y, por otra parte, la escasa inquietud cultural que la temática castrense encuentra en el País. Todo ello ha dado forma de dogma a la costumbre de aplicar el nombre de castillo a las obras de fortificación diseñadas específicamente para las piezas de artillería modernas.
No se ha de buscar el origen de la fortaleza en un pretendido proceso evolutivo del castillo. Sería algo como considerar el automóvil como una evolución tecnológica del carruaje de caballos. Tanto la una como el otro son episodios de la larga historia de la fortificación, que comienza con el parapeto de piedras prehistórico y finaliza en el Muro Atlántico. Son soluciones puntuales a un mismo problema, que cada época ha presentado de diferentes formas. Para entender el por qué de la aparición de las fortalezas modernas no tenemos más remedio que seguir el proceso evolutivo de la artillería. Se dice frecuentemente que la aparición de la pólvora dejó obsoletos los castillos y que éstos para sobrevivir rebajaron sus murallas y sus torres y dieron mayor grosor a sus muros. Esta afirmación, sin más, no deja de ser un agradable y cómodo tópico. Los efectos de los impactos producidos por las primeras bocas de fuego, que fueron apareciendo a partir de una fecha indeterminada del s. XIV, no iban mucho más allá de los causados por las grandes máquinas de guerra de la época. Tanto los unos como las otras disparaban un tipo semejante de proyectiles de piedra y todos impactaban sobre gruesos muros de mampostería, construidos teniendo en cuenta esta circunstancia.
La verdadera gran ventaja que sobre las máquinas de guerra tenían aquellos peligrosos tubos, humeantes y ruidosos, no debe buscarse en la potencia destructora de sus disparos, sino en su simplicidad constructiva y en la comodidad de uso y transporte. La sencillez era total. Un tubo de hierro forjado que, una vez en su emplazamiento, se podía utilizar de inmediato. Cierto es que su fabricación era una largo y delicado trabajo. Era una pieza muy cara, pero por el contrario podía ser amortizada en diferentes campañas. La comparación no ofrecía dudas y las máquinas de guerra fueron substituidas por las bocas de fuego a muy corto plazo. A pesar de todo ello el castillo feudal no desapareció ante la artillería medieval, sino que convivió con ella largo tiempo. La gran virtud y el gran defecto de los cañones primitivos fue que se cargaran por su parte posterior mediante una recámara portátil. Ello significaba que el tubo no precisaba moverse de lugar y por tanto se requería un espacio reducido para su emplazamiento. Así la artillería medieval se adoptó sin demasiados problemas a los castillos, abriendo en los muros cañoneras bajas o bien situándose en las almenas.
Hacia la segunda mitad del siglo XV el progreso de la metalurgia dio paso al proyectil esférico de hierro colado. El proyectil medieval de piedra se fragmentaba al impactar contra la muralla, mientas que el de hierro la rompía, y será este último quien dará el primer paso para dejar obsoletas las estructuras defensivas antiguas. De forma paralela, la recuperación y mejora de las técnicas de fundición de bronce de la Antigüedad permitían ya la fabricación de cañones más ligeros y fiables, y capaces de soportar cargas razonables. Estas nuevas piezas ya no se cargaban por la parte posterior, lo hacían por la boca. El nuevo sistema mejoraba el aprovechamiento de los gases de combustión de la pólvora, pero con el inconveniente de que requería el retroceso de las piezas para su limpieza y carga y ello comportaba un espacio que no daba la estrechez de torres y murallas. El castillo no pudo seguir adaptándose más y dio paso definitivamente a la fortaleza moderna, no tan solo ante la amenaza del proyectil de hierro, sino también ante la elemental simplicidad de no poder ubicar los nuevos cañones. Entrado el s. XVI, las nuevas fortificaciones abaluartadas –las fortalezas– serían las primeras fortificaciones capaces de alojar cómodamente, y con un rendimiento efectivo, las piezas de artillería moderna hasta entrada la segunda mitad del s. XIX. El sistema de fortificación abaluartado nació en Italia y de hecho dicha técnica fue llamada “a la italiana”. Pero, pese a ello, se le viene conociendo de forma incorrecta como Estilo o Sistema Vauban, al relacionarlo con la obra del famoso ingeniero militar de Luis XIV de Francia.
Hemos dedicado un largo espacio para deshacer el binomio castillo-fortaleza, pero debemos reconocer que la complejidad técnica del tema lo requería. Seremos mucho más diligentes al analizar conceptos como fortaleza militar o arquitectura militar. La expresión fortaleza militar no deja de ser un discreto pleonasmo empleado con frecuencia cuando se desea definir una obra de fortificación moderna. No conocemos en Cataluña ninguna fortaleza construida con fines civiles, pero tampoco es posible bajar hacia arriba y, en ocasiones sin darnos cuenta, aceptamos que es preciso remarcarlo.
Una situación similar a la anterior se da con la costumbre de adjetivar la arquitectura como militar de la mano de su relación con el mundo de las fortificaciones modernas y contemporáneas. Estas construcciones poco tienen que ver con los edificios civiles y religiosos y, tanto técnica como conceptualmente, no son obras de arquitectura, sino verdaderas obras de ingeniería. Ingenieros fueron quienes las proyectaron y construyeron, quienes dirigieron sus asedios y defensas, y quienes las rehacían o reparaban. Otro caso son los ingenieros militares actuando como arquitectos. De éstos, los que Vds. quieran.
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